He visto cosas que vosotros no creeríais

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Mi hijo mayor adora el deporte, en especial, el fútbol y el baloncesto. Una pasión que siempre nos ha sorprendido tanto a mí y como a su padre (más bien poco deportistas). Pero, por fortuna, los hijos tienen su propia personalidad.

Así, ya desde muy pequeño empezó a chutar balones y a botar pelotas con pasión y, en primaria, se unió al equipo de fútbol-sala de su escuela. Pronto me encontré recogiéndolo del entrenamiento y acompañándolo a los partidos y así descubrí un nuevo mundo: el del deporte escolar.

Me sorprendió gratamente. Ya desde el principio admiré el compromiso de los niños-jugadores: su puntualidad en los entrenamientos y su ilusión ante cada partido. El compañerismo, la alegría y el estoicismo en el banquillo. También me impresionaron la profesionalidad de los entrenadores y el temple de los árbitros. Sin olvidar las cotas de emoción que llegué a experimentar en los partidos. Algunos, con finales de infarto, los vivía con tal intensidad que me sorprendía a mí misma.

Aprendí, en definitiva, a apasionarme por algo que, de no ser por mi hijo, nunca hubiera conocido. Cuando, unos años más tarde, pasó del fútbol-sala al fútbol once lo apoyamos sin reservas. Ni su padre ni yo tenemos la menor idea de este (y otros) deportes, así que si quería jugar en un campo más grande, pues perfecto.

Ya no hacía falta acompañarlo a los entrenos aunque, de tanto en tanto, íbamos a los partidos. Y aunque seguía disfrutando de algunos, debo confesarles que ya empezaba a tener reticencias. A esas alturas ya había descubierto la peor derivada del deporte escolar: había descubierto a los padres-mánager.

Así los llamé en mi primer libro —Hiperpaternidad, del modelo mueble al modelo altar (ed. Plataforma)—, donde los citaba como un ejemplo claro de hiperpadres. Aparecían en el segundo capítulo (titulado Guardaespaldas, madres-tigre y papás-bocadillos: tipos de hiperpadres) y los definía como esos progenitores que: “En vez de conseguir un niño o niña perfectos y multidisciplinares, renacentistas casi” (que es una de las características de la hiperpaternidad; el niño «perfecto»), tienen como objetivo “exprimir al máximo un talento en particular del hijo o hija, llevándolos al límite si es necesario”. El mundo del espectáculo y del deporte, añadía, eran los campos donde operaba esta hiperpaternidad tan concreta. Hacía especial mención del deporte escolar donde estos padres-mánager: “Saben más que los entrenadores y, en los partidos, aúllan improperios al árbitro y al equipo contrario. Sus hijos son las estrellas: los futuros Messis y Ronaldos, y son lo único que les interesa”.

A esas alturas ya había soportado a demasiados padres-mánager. Como Roy, el replicante de Blade Runner, había visto cosas que vosotros no creeríais. Había visto padres, en un colegio de élite, lanzando insultos racistas a un niño de once años. Había visto padres que increpaban con tics mafiosos al árbitro, al entrenador del equipo contrario… ¡Y al entrenador de su equipo! Había visto a padres que no dejaban de dar instrucciones, a gritos, durante todo el partido, a sus agobiados hijos. Había visto a un abuelo que descargaba, cada sábado, un odio envenenado contra el árbitro. Había visto, en definitiva, padres (y madres) con una absoluta falta de fair-play. Padres y madres hooligan —como con tanto acierto los describe la campaña #NoSeasHooligan de la Fundació Brafa— a quienes no perdono que emponzoñen algo tan bonito como es el deporte infantil.

Eva Millet

DESCRIPCIÓN DE LA AUTORA:

Eva Millet es periodista y escritora, especializada en educación