Expectativas en el deporte: tu hijo es uno más

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Juan A Gallardo

“Ese niño prebenjamín que destaca entre sus compañeros, yo lo llevo viendo desde hace más de quince años”, les suelto e interrumpo a un grupo de padres que, sin percatarse de mi presencia, lanzan sus presagios y videncias sobre el futuro de un niño visiblemente más avanzado que sus compañeros. 

“¿Sí?”, me pregunta uno de ellos, disimulando porque no esperaban que el director de la escuela los estuviera oyendo. “¿Hay alguno que haya llegado a primera división?” ––me cuestiona otro. “En el mejor de los casos continuaron jugando, –respondo–, pero al resto nunca fui capaz de protegerlos de las expectativas de sus padres y acabaron abandonando”

El grupo de padres sonríe y sigue viendo el partido. Yo espero unos minutos y finjo tener algo que hacer para irme a ver el partido desde otro lugar. 

Sé que esos comentarios no son malintencionados y, además, los hacéis con total naturalidad. Seguro que alguno de vosotros que ahora me lee ha hecho alguna observación similar alguna vez. Las hacen incluso los entrenadores de estas categorías, frecuentemente jóvenes que aun no tienen mucho recorrido ni experiencia.  

Precocidad y talento son cosas distintas

Quien no está acostumbrado a ver fútbol infantil tiene pocas referencias y es más fácil que enseguida caiga en este error de confundir precocidad con talentoPero quien sufre las consecuencias de tales observaciones suelen ser los niños que no son ajenos a esto que se dice de ellos cuando aun no tienen madurez para digerirlo. 

O sus padres que, poco a poco, irán cambiando sus expectativas iniciales, pues este contexto suele encargarse de inflarlas. Y claro, si ya de por sí el hecho de ser padres o madres conlleva tener cierta predisposición a ver como maravilloso cualquier cosa que hagan bien, imaginad si a los demás les da por darles más motivos. 

¿Qué entendemos por expectativas? Aquello que esperáis conseguir llevando vuestro hijo a una escuela de fútbol. Esos motivos que justifican para vosotros los esfuerzos familiares para llevarlo  a los entrenamientos, abastecerles del equipamiento necesario, gastar en una cuota mensual, uniformes, etc. 

Los niños pagan un alto precio por las falsas expectativas

Ni siquiera es relevante que seáis conscientes de vuestras propias expectativas, porque si albergáis deseos, esperanzas y creéis tener en casa un talento deportivo, ello tendrá sus consecuencias sobre la manera en que vivirán el proceso deportivo de vuestros hijos, sin importar qué expreséis frente a los demás. 

Aun siendo sinceros, en cada situación de conflicto emergerán esas intenciones no confesadas, y, creedme, lo contaminarán todo. Harán que os preocupéis por aspectos que serían secundarios, dando más importancia a la posición en la que juega o al resultado en un partido, que a otros factores como los amigos, los afectos o la educación. 

La mayoría de las familias llegáis a una escuela de fútbol sin una idea clara de lo que esperáis conseguir con ello. Los clubes tampoco se esfuerzan demasiado en informaros debidamente sobre estos aspectos. A quienes no se os pasaba por la cabeza que vuestro hijo pudiera jugar profesionalmente en el futuro, tal vez os lo empezáis a plantear cuando interpretáis mal lo que ocurre en esos primeros años. 

Transcurren los primeros partidos en prebenjamines y vuestro hijo destaca sobre la mayoría de sus compañeros. No faltarán esos comentarios profetizando un “futuro en primera división” o un “este va para figura” por parte de alguno de los otros padres y madres que al final acaban inflando vuestras expectativas. 

O tal vez sea el propio entrenador quien refuerce sutilmente esas ideas con sus alineaciones o perdonando alguna impuntualidad en los partidos difíciles… Incluso entrenadores de otros clubes que se acerquen buscando seduciros para cambiar de club con un discurso plagado de referencias a su “potencial”, su “futuro desarrollo…”. ¿Quién no acabaría malinterpretando las señales? ¿Quién va a suponer que este engaño es tan frecuente?

¿Qué papel deberían jugar las escuelas deportivas?

Con semejante contexto confabulando para que las familias cambiéis lo importante por lo casi imposible, a las escuelas de fútbol solo nos queda actuar responsablemente y tratar de protegeros todo lo posible. Con información, con consejos, compartiendo los objetivos que se plantean en cada etapa y tratando de concienciaros de que lo más importante es  que vuestros hijos amen y se diviertan con lo que hacen. 

Ningún niño debería pasar por que su diversión, su hobby, levante tales expectativas en los demás que acabe siendo exigido en su rendimiento, midiendo su desempeño en forma de goles, asistencias, puntos, campeonatos, etc. 

Al prebenjamín que destaca con seis años (pero él aun no lo sabe), que no lo sepa nunca. Que crezca creyéndose uno más, que no hay precedentes de daños por exceso de humildad. Siendo así, no está tan mal que te lo recuerde: tu hijo, es uno más.






Juan Antonio Gallardo es especialista en escuelas deportivas. Ha desarrollado su carrera en España y México. Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, ha publicado varios libros como «Aprende a enseñar jugando» o «Cómo juegan las familias«.