El éxito y la felicidad

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp

Estos tiempos de incertidumbre, de preguntas sin respuestas y de cambios de prioridades, son un buen momento para hacer algunas reflexiones en torno al deporte, el éxito y la felicidad.

Somos muchos los que disfrutamos del deporte y admiramos a los grandes deportistas. Según pasan los años, cada vez valoro más a la persona que hay en aquel deportista. Me maravilla más cómo lo ha conseguido que la victoria en sí misma. El éxito y la fama pasan a un segundo lugar.

Pero entiendo que para mucha gente esto no es así. El deportista de élite es famoso y por tanto feliz. Es seguido por millones de personas, que es sinónimo de felicidad. Pero esta relación no es tan evidente y la realidad nos lo recuerda con frecuencia. Ser famoso tiene claras ventajas, pero también algunos peligros. Y ahora quería fijarme en estos.

Decía la alpinista Edurne Pasaban que, cuando corona las cumbres de las montañas más altas del mundo, siente una gran emoción. Después inmortaliza el momento y sale de allí lo más rápido posible. Porque la cima es un lugar peligroso. Al éxito le ocurre algo parecido. Es un lugar peligroso, donde el deslumbramiento del dinero, el lujo, los placeres y la fama pueden hacer perder el sentido de la realidad, de las prioridades, de lo que es importante, necesario, útil y, en el fondo, de quiénes somos y quién nos ama y aprecia verdaderamente. Un camino lleno de trampas, que en muchos casos se recorre a una edad en la que se está poco preparado.

«Si la cumbre es peligrosa, también lo es el descenso, más que el ascenso» -continuaba el relato de Edurne. En el deporte sucede lo mismo. «Siento que lo mejor de mi vida ya ha pasado». Quien hacía esta afirmación era un deportista de élite en el momento de su retirada. Tenía 30 años y toda una vida por delante, vacía, según su percepción. ¡Qué lástima!

“He tenido la suerte de tener la desgracia de ser feo”, escribía un conocido escritor. En la sociedad de la apariencia, de la imagen, de los ídolos vacíos, ser feo -en nuestro caso no ser famoso-, puede llegar a ser una protección ante la adulación, la admiración superficial y la amistad interesada.

Un experto del alma humana como Dostoievski hace gritar a uno de sus personajes de los Hermanos Karamazov: «Amigos míos, no pidáis a Dios el dinero, el triunfo o el poder. Pedidle lo único importante: la alegría». Aunque en su tiempo el fútbol todavía no se había inventado, Dostoievski sabía un rato de todo esto.

«No compensa», esta fue la respuesta de un candidato a la presidencia del Barça, cuando le preguntaron por qué no se presentaría. Conocía de primera mano las ventajas del cargo, pero también los riesgos.

Y por esto siempre he pensado, como el escritor, que he tenido la suerte de tener la desgracia de ser feo.

Ignasi Taló

Director de la Fundació Brafa