En les Obras del Amor (Sígueme, Salamanca, 2006), Søren Kierkegaard escriu: “La comparación es como el terreno húmedo del vecino: por más que tu casa no esté edificada sobre él, se hundirá de todas formas. La comparación es como el gusano oculto de la secreta consunción, que no muere por lo menos hasta que no haya matado la vida del amor. La comparación es una repugnante erupción que se mete hasta dentro y corroe la médula” (p. 228).
En su elogio filosófico y lírico sobre el amor, Kierkegaard nos regala esta breve reflexión sobre el dolor de la comparación. Describe el amor como una especie de fuerza divina que trasciende los límites de la razón y del lenguaje, que impulsa al ser humano a crear belleza, a buscar la verdad, a edificar la unidad y perdonar incondicionalmente. Tal y como lo expresa el filósofo danés, el amor da sentido a la vida, o dicho de otro modo, amar es lo que hace que la vida merezca la pena ser vivida. Lo que humaniza, lo que realmente construye la persona es el acto de amar, y amar es vaciarse, darse, experimentar el gozo interior de la benevolencia.
El amor es incompatible con el ejercicio de comparar. La comparación es la vinculación más desventurada en que el amor puede ingresar, la comparación es la más peligrosa amistad que el amor puede empezar, la comparación es la peor de todas las seducciones.
Quien ama no compara; acepta al otro tal y como es y no cae en el juego de medirlo a partir de las expectativas. Quien ama no compara su amante con las anteriores experiencias. Tampoco cae en la referencia al yo. Quien ama de verdad, se da incondicionalmente, sin calcular, ni medir sus costes y beneficios del acto. Se expone al ridículo, a la humillación, al fracaso, incluso a la sátira. En el gesto de amar lo da todo y asume la posibilidad de perderlo también todo. Sabe que en el acto de amar se juega la densidad de la vida y que el resto es pura ornamentación.
Cuando en el amor se permanece en el espíritu de la comparación, el amor empequeñece, se reseca por dentro y finalmente puede llegar a anonadarse. Aprender a amar es aprender a combatir la tendencia a comparar, medir, a separar, a calcular. Aprender a amar es luchar activamente contra la tendencia a idealizar lo que no existe, es combatir los sueños ideales y los falsos héroes mentales. Aprender a amar es aceptar lo que es como un don, como una posibilidad, como una ocasión para degustar, en el claroscuro, la belleza del mundo.
Francesc Torralba
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