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Deportista: DICK FOSBURY

Valor: INNOVACIÓN

 

Uno de los entrenadores que más a sufrido en la historia del salto de altura fue Berny Wagner, de la Universidad de Oregón. No se sabe si por suerte o desgracia, tuvo a sus órdenes durante unos años a un joven de Portland que, pese a su testarudez y constancia, era incapaz de sobrepasar el listón colocado a 1,80 metros.
 
Wagner había decidido que el bueno de Dick Fosbury debería abandonar y encontrar una mejor salida a sus aptitudes deportivas en otras pruebas. Fosbury estudiaba ingeniería civil, por lo que le permitía desarrollar sus propias teorías físicas sobre cómo rebasar el listón en el salto de altura.

Entonces lo normal era usar el sistema de rodillo ventral, sobrepasándolo frontalmente. Este estilo no iba muy bien a los 1,93 metros de altura de Fosbury, por lo que decisión buscar un nuevo sistema de rebasar el listón. “Creo que no hice nada extraño. Era el estilo más natural que podía haber, ya que el giro que inventé en el aire no es nada difícil de realizarlo”.

Nadie creía en el “Fosbury-flop”

Fosbury nació el 6 de marzo de 1947 en Portland, Oregón (Estados Unidos). Pronto abandonó aquella región poco saludable para él.
 
La afición por el salto de altura fue algo prematuro en su vida, a los once años. Comenzó saltando 1,15 metros; a los dieciséis  se elevaba hasta los 1,60, y a los diecinueve hasta los 1,93. El soviético Valeriy Brumel era el indiscutible número uno por entonces.

Ante el estancamiento sufrido, Dick Fosbury un buen día decidió poner en práctica su peculiar estilo. Su éxito fue arrollador, pero a nivel personal. A sus entrenadores les parecía horrible, antiestético. Pero, llegado 1968, nueve meses antes de la Olimpiada de México, se proclamó campeón intercolegial al saltar 2,19 con el estilo “Fosbury-flop”.

En las pruebas de clasificación para la Olimpiada logró el tercer puesto, al saltar 2,21. Ya que no quedaba más remedio, pese a su estilo, que llevarle a México. A su entrenador, Wagner, le parecía mentira que Dick, el muchacho de las largas bermudas y extraño estilo, pudiera acudir a los Juegos Olímpicos en representación de su país.

Medalla de oro e intento de récord del mundo

El 20 de octubre de 1968 era el último día de los Juegos Olímpicos de México. Fosbury disputaba la final. Cuando hizo su primer salto, el público creía que aquel “loco” seguía entrenando. Pero no era así. El marcador señalaba que era un salto oficial. Se convirtió en un héroe en pocos segundos. Su gran rival y compañero era su compatriota Ed Caruthers, y el soviético Valentín Gavrilov, a la postre plata y bronce, respectivamente. Nada pudieron hacer ante el salto de 2,24 metros del de Portland. El oro premió su esfuerzo, y los aplausos del público, su originalidad. Pese a tener el oro asegurado, intentó afrontar el récord del mundo, que poseía Brumel con 2,28 pero no pudo con él. El sabor de las mieles olímpicas le habían desconcertado en exceso.

Tras el oro no hizo nada más. Se retiró a su casa de Ketchum, en las Montañas Rocosas, ejerciendo como ingeniero civil. No quiso saber nada ni de glorias ni de contratos millonarios de publicidad. Nunca aceptó ser un mito del olimpismo.

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